Que bonito es mi pueblo
y que buena es su gente,
cuando vas por la calle
y todos te saludan,
cuánta alegría se siente.
Cuando vengo a mi pueblo
me dice Celia:
que se me alegra el alma,
y, me cojo el camino,
siempre con alegría
pero con calma.
Para llegar al pueblo
sin sobresaltos,
y pasear de nuevo
como lo hacía
siendo un muchacho,
con mis amigos,
y, hacer de cuando en cuando;
alguna fechoría.
Y aunque ya no esté uno
para esas cosas,
pero con recordarlo
bien me lo paso.
Hoy miro con nostalgia
todo su entorno,
y con la vista
lo miro lentamente;
¡y pienso tantas cosas!.
Porque faltan amigos
que ya se han ido,
y, pienso tanto en ellos,
y repito con rabia;
esta vida no es justa
pero me aguanto.
Cuando ya voy llegando
veo a lo lejos,
el reloj en lo alto
mirando el pueblo.
Y generosamente
de un modo lento
con su campana,
va enviando las horas
A todo el pueblo.
Dicen, que éste reloj
es agüeleño,
igual que los olivos
y las encinas viejas,
que hay en la gesa.
Algunas encinas
ya milenarias,
que ven pasar el tiempo
algo cansadas.
El reloj y la iglesia
se están mirando,
y, se dicen bajito:
¡qué bonito es el pueblo!
El reloj da la hora
con desparpajo,
y se escucha en el pueblo
de todos lados.
Y en la iglesia
desde su torre,
se escuchan las campanas
tocar a misa.
Yo miro sus tejados,
y, por sus callejuelas
corre una brisa,
que te quita las penas.
¡Éste es mi pueblo!,
un pueblo alegre
lo mismo que otros pueblos,
donde hoy se discute
por alguna cuestión,
y mañana se olvida
la discusión;
porque entre sus vecinos
aún hay amor.
Y si este componente
falta algún día,
se acabaría la vida
y el pueblo moriría.